Los silenciosos 2. Capítulo 10.

Esteban era un niño opacado sicológicamente por la forma en que nació, que dio con la buena suerte de contar con una madre que como Maritza, podría ofrendar a cambio su vida, por la suya. Llegaron con  María y Rogelio entretenido con los juguetes que de buen agrado, Rogelio le había regalado. La única compañía eran las tías qué también daban la vida por este, y que con Marleni lo eran todo, aunque María le producía sosiego por el comportamiento religioso qué lo mantenía en continua zozobra, debido a los cuidados de fe con los que muchas veces lo reprendía, teniendo en cuenta que se estaba criando con unas mujeres que no idolatraban a los santos, y el papá apenas un alcahueta que le daba gusto en todo, sin estar persignándose cada que sucedía algo que llamase la atención. Así fue como conoció a Rigoberto, quien tan pronto lo vio, lo abrazo y sostuvo un buen rato entre sus brazos, muy feliz de volver a reunirse con su familia. 

- Y cuénteme, Rogelio. ¿Qué más de su vida?

Rogelio, se sintió extraño. Lo mismo que su hijo adoptivo, a pesar de que solo era un niño. Si, un poco sorprendido. Nunca habían dialogado. Se conocían tan solo por el romance que sostenía con Maritza, y nada más.

- Bien don Rigoberto, le contestó. 

Sabía de su paso por la vida a través de los diálogos sostenidos con Numa, y lo que sabían de este los contertulios sostenidos con Maritza, y por la historia de los que contaban las amistades que fue conociendo a través de los años, que más allá del tiempo transcurrido, lo dejaban como un hombre afable que conocía las triquiñuelas del comportamiento de los hombres en los cargos que estuvo como servidor público, y que fue favorecido con el romance  que tuvo con Marleni, más las hijas que tuvieron. A  pesar de todo, no entendía la lejanía de este con su mujer e hijas, pues de acuerdo a lo que sabía, y corroborado por Numa, en los tiempos que anduvieron juntos, el trabajo riguroso lo alejaron de la familia, a pesar que ahora estaban reunidos en la propia casa de este. Por enfermedad tal vez, pensó. Todavía recordaba, lo dicho por su propia mujer, de que la altura de Bogotá, lo perjudicaba.

En algo se parecían, pensó. Todavía no entendía bien los conceptos que se tenían acerca de los rosacrucistas, pero por su manera de ser, lo alejaban de esas personas. Sin embargo, todavía recordaba los conceptos de su familiares cuando hablaban de los masones, de donde partía que eran como casi iguales los mismos conceptos. No veía ninguna diferencia, de acuerdo a lo que Maritza le había comentado acerca de su padre. Es más ni entendía como era lo uno, y lo otro. Eran la misma cosa con distinta vaina. Su país tal y como se lo dio  a entender Numa, estaba fracturado por esos ideales antiguos y anquilosados, que le impedían ver las ideologías. Eran las mismas, pero con distintos nombres: "liberales y conservadores". Los rosacrucistas eran de unas cuantas sectas que algunos personajes la disfrutaban, y los  masones se le parecían a los mismos que nos dieron la libertad como lo fueron los Libertadores Simón Bolívar y Santander. Ni menos diferenciaba a aquellos que salían a gritar en las manifestaciones de "Viva Cristo Rey" porque de acuerdo a lo contado por Omar, no hacía mucho tiempo, pues estos personajes estaban motivados por ideologías extrañas, envueltos de un fanatismo a ultranza, que había que temerles si lograban sus propósitos. Y mucho menos con las celadas de los que eran participes de aquellos que estaban dividiendo a un país entre fanáticos que querían a toda costa del poder, y la de liberales que juraban vengar la muerte de Jorge Eliecer Gaitán.  Todos querían los mismo, y él mismo también. La paz de unos, era un imposible para otros. Y sin embargo, todos vivíamos en el mismo país que soñábamos, a pesar de las discordias en que estábamos.

Si estaban bien. El con su mujer e hijas, y este con Maritza e hijo todos estaban bien a pesar de todo. Y sin embargo María no aparecía. Intuía que se había ido a buscar al negocio recién inaugurado con Epifanio en el Camellón del Comercio por esas razones que esta siempre tenía, de acercarse a los negocio en los que estuviera alguno de sus hermanos, para sonreír y desear los buenos augurios con la bendición de Dios que siempre la acompañaba. Era un decir, aunque no lo fuera, y sin embargo todo salía como lo esperaba. Según este, era la buena suerte, la que les brindaba, a pesar de ser un incrédulo, creía que siempre lo acompañaría. 

- ¿Y dónde está María? Le preguntó este.

Sí, sabía todo sobre su vida. Intuyó. A pesar de su silencio y las frases cortas, lo fueron acercando a una relación acerca de los negocios, de las ambiciones y los sueños que tenían, a pesar de la diferencia de edades.  

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