La sinceridad con que Marleni trataba a sus hijas no se comparaban con el trato dado por su padre a estas. Una de las razones que no entendió Numa en su momento, pero que para Rogelio fue muy fácil. Rigoberto que ya no gozaba de buena salud, se había alejado de estas, luego de vivir en Bosa y más tarde en el antiguo Santafé por motivos ajenos a su voluntad, se vio obligado a trasladarse a Girardot ya que la altura de Bogotá le afectaba su salud, y porque el antiguo administrador de la finca había acordado con Maritza seguir administrando tal y como lo hizo durante todo el tiempo que estuvo ejerciendo los diferentes trabajos en los municipios aledaños de Bogotá, y donde sus simpatizantes por las buenas actuaciones que tuvo en los ejercicios de sus cargos, le dieron prestigio, lo mismo que a Marleni y sus hijas, e hicieron que se sintiera complacido por el trato deferente que tuvo con ellas, pues, según Rogelio se lo merecían; además de saber que teniéndolas de su lado, le servirían mucho más, de lo que Aida había hecho por este, y de lo que Numa y toda esa cohorte de amistades que lo habían rodeado a cuenta de los negocios que estaba haciendo.
- ¿Interés, cuánto vales? Así se lo había preguntado en alguna ocasión a Aida.
Y es que en sus tratos con esta, le había demostrado que su cariño provenía más de lo que producía, y no por ese futuro hogar que pensaron en formar, si no la riqueza que pudiera representar a esta, la satisfacción de la felicidad por todo lo conseguido, en donde denotaba un interés desmedido por los bienes personales, que lo puso en las bocas ajenas, como si fuera el Dios Midas en la repartición de sus bienes, y sobre todo con las mismas mujeres con las que tenía alguna relación de negocios, si no que la avaricia la había llevado a encontrones con María y su hermanos. No era mujer de fiar.
Todavía recordaba cómo había actuado cuando supo de las desavenencias que tuvo con Javier, y el interés suyo en saber cómo marchaba aquella relación paso a paso, que a veces creyó que era la perjudicada. Intuyó que eso estaba bien, pues al fin y al cabo era su marido. Pero..., la duda, le dejaban pensamientos tortuosos, considerando acerca de las actitudes que iban más allá del supuesto amor que le profesaba, porque quería acaparar todo lo que representara dinero y bienes materiales, como si fuera la verdadera dueña de su vida.
Una relación tormentosa que le ocasionaron más de un dolor de cabeza, máxime cuando el amor que sentía por Maritza desde que se encontraron, cuando fueron a hacer el agasajo en aquella finca del padre recién llegado de la guerra. Y aunque fuera cierto o no, sobre todo lo suyo, Maritza había entrado en su corazón desde que compartieron aquel encuentro con el que fueron a saludar a Ambrosio Ortega, quien había regresado de aquella guerra cruenta, sin nada en los bolsillos, porque los presuntos bienes de su familia, se esfumaron igual que los sueños que tenía sobre hacer un negocio estable para los suyos. Y es que a cambio los suyos iban mucho más allá, que incluso creía que con Maritza lograría lo que no pudo con Numa, el viejo, el tuerto, que bien podría estar revolcáandose en su tumba, si es que existía el más allá, que era en lo que creía María; a pesar de cimentar una buena amistad con Maritza, que a cambio le contaba todo sobre Rosa y Amalia, las dos hermanas, que a veces querían entrometerse en sus vidas. Y es que María le permitía conocerlas mejor en esos acertijos que a veces se planteaba, pues sabía de los encuentros de Amalia con un periodista, y de Rosa que soñaba con disfrutar de manera hilarante sus conocimientos de cultura con otras amistades que no tenían relacciones políticas, ni de poder, y muy ajenas a los comerciantes que soñaban con poder y fama, lo mismo que hacían Marleni y Maritza. Estaba lejos del mundanal ruido de todos. Quería estar lejos de sus hermanas, a pesar del afecto que les tenía.
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