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Numa no creía en la suerte. Era más bien la oportunidad que alguien tenía en la vida para realizar sus sueños. No existían dentro de su mente las especulaciones que muchos hacen alrededor de las panaceas que se dan ante el presentimiento de esos prestidigitadores que con sus lenguas evocan a algún espíritu para leer las cartas del tarot, o los números de la suerte, en el que hombres y mujeres acuden por sus desesperanzas a estos milagreros para que les lean el futuro, o la forma como pueden paliar sus angustias económicas; o aquellas fórmulas de los lavados de cuerpos con las yerbas que los brujos aconsejan para que sus clientes superen las dificultades. Sus males siempre se los achacan a alguien en particular, y sin embargo, Numa creía que eran las mismas influencias sicológicas que los rodeaban las que producían semejantes desaciertos en sus vidas. No conseguir sus sueños ni amasar las fortunas que desean, ni triunfar en el amor, o realizarse como personas, no son más que los fracasos ante la envidia que siempre reina entre los seres humanos. Por algo, muchos de los que creen que existen dichos personajes nefandos que les quieren hacer algún mal, consiguen algún amuleto rezado por estos para protegerse de los malos designios de otros.
"La ambición rompe el saco", se lo dijo en alguna ocasión Rogelio. Y en eso estuvo de acuerdo. La influencia de los números en los seres humanos no son más que los mitos formados por el hombre desde los tiempos de los pitagóricos, tanto que es como decir que el doble del doble puede ser cabalístico de acuerdo al número de la suerte de una persona con tal que coincida con la suma o resta del día y el año de su nacimiento, e incluso les indican los días en que pueden realizar ciertas actividades como si en el mundo de los hombres se rigiera ante tales designios augurados por estos supuestos estudiosos del más allá, que solo los brujos -tal y como lo decía con sorna Numa- son los que podrían sacar a una persona de semejantes situaciones, en donde sus mismas vidas pudieran estar en peligro de sus enemigos, sino hacen lo que se les dice, cuando en realidad son los fantasmas de las ambiciones que siempre han existido desde que el hombre es hombre. Estos imaginarios son los que han desbordado lo más noble del ser humano con sus ideas de sueños irrealizables muy idénticos a lo que los antiguos pensaron sobre la igualdad entre sus coetáneos. El mundo está plagado de esos sueños, y muchos han muerto por intentar realizarlos. Ni siquiera Jesús con sus sueños de humilde pescador que quiso redimir los pecados de los hombres con su muerte, ni siquiera lo logró. Solo las leyes que quisieron controlar las ambiciones de los más fuertes fueron consagradas por Moisés en su decálogo, y desde que Hammurabi en los tiempos donde apenas se avizoraban esos conceptos de justicia y de igualdad que todavía están permeados por fanatismos religiosos, nos han podido sacar de esos laberintos donde el hombre es el propio enemigo de sus semejantes. Ni los animales que protegen a sus crías y a los de sus mismas especies, lo hacen. Solo este hace esas cosas, y por esto era castigado con el destierro. Ni que decir de Caín que mató a su propio hermano. Es más, Numa no creía en esos cabalistas que a diario aparecían por Bogotá a leer la suerte de sus semejantes porque sabían que ese era el mundo que les tocó vivir. Existían matones a sueldo que aparentando hacer justicia, en realidad lo que querían eran los bienes de sus perseguidos. Y que solo el poder del más fuerte era lo que primaba. Gaitán había muerto sin entender que estaba en una sociedad obnubilada con esas ideas ancestrales adonde la religión jugaba un papel importante, y por esta razón en su defensa de los menesterosos se encontró con una sociedad no solo plagada de odios, sino de unos imaginarios que teniendo esa sed de rapiña y venganza, aprovecharon las circunstancias para apoderarse de los bienes ajenos que siempre desearon tener. Los mismos que participaron en los incendios que fueron provocados adrede por algunos, pero que la plebe lo hizo como suyos, mientras fueron rompiendo rejas, puertas y ventanas de los comercios que encontraron a su paso en la séptima y en todo el centro de Bogotá, desbordados por la fiebre del saqueo a donde los revoltosos luego que los presos fueron liberados, se tomaron el centro de la ciudad sin que ninguna autoridad los pudiera controlar, porque al rayar en lo político, les facilitó apoderarse de las mercancías de los negocios saqueados y a donde el licor exacerbó la violencia ante una policía que se hizo al lado de los que sentían la muerte del líder como suya, y solo en medio de semejante derramamiento de sangre otros decidieron oponerse a lo que hacían. Así fue como las fuerzas leales al gobierno decidieron mediante los tanques pasar entre los sublevados que los vitorearon sin saber que serían los primeros en ser eliminados. La suerte de su muerte tal vez se la hubieran labrado ellos mismos, pero también para los que se aprovecharon de la violencia que siguió mediante el poder de la coacción y la fuerza al conocer el engranaje de una sociedad donde la desigualdad primaba, no hizo más que ahondar las frustraciones económicas de unos, mientras que los que salieron airosos de este trance histórico, se aprovecharon de lo que pudieron.
Todavía recordaba lo dicho por Maritza recién venida de las tierras adonde se presumía que todos los que iban en cada Semana Santa no solo se recreaban a donde sus padres hicieron lo mismo cuando colonizaron aquellas regiones inhóspitas, sino también a compartir con todos los que iban llegando en una especie de romería que significaba para unos forjar una especie de sueños y de uniones de las futuras familias, porque que en medio de los rezos católicos, también sus sentimientos mundanos los ataban a unas celebraciones que asemejándose a las de los idolatras, se congraciaban en unos festejos de hombres y mujeres que a través de sus encuentros despertaban curiosidad e imaginación para saciar sus apetitos carnales que suplían en los confesionarios ante su decisión de contraer unas nupcias, o simplemente dentro de esas festividades los acercaban a otras familias a donde precisamente los Ortegas con su leyenda y la recién llegada del hermano mayor, los hacía hermanables que de alguna manera les permitían que en otros encuentros en otras regiones, pudieran celebrar contratos de comercio a donde solo la palabra y la buena fe valían.
Aunque muchos fueran supersticiosos la religión los acercaba, que incluso el mismo Numa cuando quiso a su manera dudar acerca del matrimonio de Ambrosio celebrado con Lucrecia, Rogelio le contestó:
-Si duda de nuestra
buena fe, duda de nuestra amistad.
Era cierto. En ellos la religión y los principios de honorabilidad primaban, cosa que nadie dudaba que si alguno por cuenta de otro recibía alguna mercancía para llevarla muy lejos hasta un cliente, se comprometía a pagarla cuando la recibiera, y sabía que a su regreso traería lo recomendado, basado en los principios de la buena fe.
Y sin embargo, respecto de los que dudaban o caían dentro de sus redes de estigmas, también entraban en esos laberintos que incluso las mujeres podían rezar para ayudarlos, y los hombres podían dar fe de sus buenos sentimientos que abrigaban, así fueran los más perversos. Y como existían muchas confusiones respecto de la suerte, sí alguno de estos personajes de los que tanto dudaba Numa, podían pagarle para que hiciera su trabajo.
Y sin embargo María no dudaba en invocar a sus santos predilectos porque para ella era una herejía, no tanto como la de esos encuentros que cada año atraían a muchos de sus paisanos, pero que ya para esta ocasión Numa se lo dijo a Maritza abiertamente:
-En esas condiciones, no creo que podrás ir de nuevo al reencuentro con los Ortega, por más iniciada que estés.
Y aunque lo decía con convicción, lo que quería darle a entender que cuando se daban los encuentros de los que querían sumarse a alguna cofradía, estaban vendiendo su alma al diablo, aunque muchas veces no fuera así, sino que mediante la coacción terminaban compartiendo afinidades sicológicas que los comprometían para participar en todo lo acordado por ellos. No se trataba de lo que cualquiera pudiera pensar respecto de una situación alrededor de una creencia, sino el pacto de hacer lo que una logia solicitara que hiciera porque así era como podían obligar a callar algún secreto compartido, también podían usar la fuerza para disuadir a los que no querían hacer algo en contra de sus principios. Ya Numa Pompilio lo vivía cuando de manera tajante Rogelio le recordó el compromiso que tenían respecto de Javier, para obligarlo a abandonar la casa que en otro tiempo perteneció a los Molanos, y de las cuales María en una ocasión le dijo que habían tenido unas tías locas. Numa presentía que tenían alguna relación de familia, y que aunque Rogelio quería aquel local para añadirlo a otros que tenía, podría tratarse de una venganza, ya que Javier según las malas lenguas, al casarse con una de ellas se convirtió en el amo y señor de la casa, cuyo sótano fue uno de los negocios preferidos por los que venían a hacerlos alrededor de la plazoleta de San Victorino.
-Yo no creo en brujos, le dijo Rogelio. Ud. y yo sabemos que hacen parte de la imaginación de los hombres, a los cuales hay que ayudarlos en sus creencias. Comparto lo que dicen respecto de un escritor que frecuentemente publica sus escritos en un periódico.
-Sí, ya lo sé, dijo Numa. Y no solamente él lo ha dicho: “Que si Dios no existiera, había que inventarlo".
En eso se parecían los dos, Numa sabía que entre los imaginarios de Rogelio, por encima de todo estaba lo pragmático. No dudaba de su existencia, y sin embargo podía darse el lujo de pagar a algún brujo para que le hiciera algún trabajo. Estaban de acuerdo con estas ideas.
