Aunque Rogelio pretendía darle gusto a Maritza, sabía que de llevarla consigo, tendría que acompañarla su mamá y las hermanas, pretendiendo con esto ser parte de las posibles fiestas que harían, y de paso aguarle todo lo planeado con Ramón, así de paso permitirse qué lo acordado no se cumpliera. Y sin embargo, quería aceptar una oferta que le había recomendado un paisano qué antes había conocido por los días en que se conocieron con Numa y Maritza, quien le habló de que hiciera una sociedad con un contabilista que tenía un negocio en el Camellón del Comercio, porque siendo preparado no contaba con los contactos que tenía en Bogotá, y además porque no tenía los recursos económicos para sostenerlo a flote.
- Si Rogelio. A Ud. le sirve un buen socio . Que le ayude con la contabilidad, y además le ayude en los proyectos que tiene. Hágale le dijo.
- Lo pensaré le dijo.
Y así sucedió. Luego de pensarlo y teniendo en cuenta su viaje proyectado, le dijo a Ramón:
- Hermano: Te acuerdas de lo que te comenté hace tiempos .
- No, no sé. Le respondió, este.
Y entonces fue cuando le hizo caer en cuenta .
- Qué montemos un negocio en Girardot, y así abarcamos los clientes que tenemos por estos lados.
Rogelio no había olvidado la vieja propuesta de aquel paisano de esos años, y además conocía muy bien a Epifanio y de quien sabía que era muy apreciado por la comunidad de los comerciantes, que se preciaba por colaborar con los que necesitasen alguna ayuda suya, pero como era un gremio que de todo querían provecho, este todavía no había podido sacar su negocio a flote por la falta de recursos, y por el bloque que algunos le hacían, sonsacándole los clientes, a pesar que llevaba años llevando la contabilidad a varios comerciantes, ganancias que aprovechaba para invertir en su negocio que manejaba con la ayuda de su mujer y una empleada que llevaba años con este. Para esa época Rogelio llevaba años trayendo mercancías de contrabando por la Guajira, después de conocer la ruta y haber cosechado amigos que le llevaban mercancías de contrabando a buenos precios, por lo que ganaba mucho más de los comerciantes, que no tenían ni idea de cómo llegaba ésta a sus manos en el floreciente comercio de San Victorino, y que solo hasta ahora vislumbraba la idea que le dio en su momento aquel paisano.
- Hola. Le dijo cuando lo encontró. Te acuerdas de mi. Le dijo.
- Claro respondió. Ud. es el que vende mercancía a buenos precios. Hace tiempos no lo veía. ¿Y...?
Así fue como se conocieron. Rogelio recordaba todo. Y había pasado, un buen tiempo.
Fue así, como al reencontrarse, comenzaron a planear un nuevo negocio en el local que tenía Epifanio, luego que Maritza, hermanas y mamá llegaron en busca de Rigoberto qué vivía muy cerca de la estación del ferrocarril en un barrio a donde se extendía la ciudad y que prometía con el tiempo ser uno de los más comerciales por su cercanía al Pabellón del Comercio y a la Plaza de Mercado que les facilitaba todo para organizarcen en cuanto a lo indispensable para vivir.
Rigoberto qué con los años se había vuelto más huraño, se complacido cuando las caricias de Marleni y sus hijas lo entretuvieron más de lo que cualquiera pudiera pensar.
Aunque a Maritza la vio mucho más mujer de lo cualquier hombre pudiera esperar, por el atractivo que emanaba por de su forma de ser, a Amanda la sintió más discreta de lo que era antes, y a Rosa la consentida qué le recordaba en parte a Maritza cuando descubrió de sus amoríos con el hijo de Gabriel, por los dolores de cabeza que tuvo con éstos, intuyendo qué iba a ser casi la misma de la mayor.
- Pero papi, le dijo esta, en tono zalamero, me está confundiendo con la loca de mi hermana.
- No hija, le respondió éste. Ni lo crea. No creo en esos amores maltrechos.
- Y por qué lo dice papá. Le dijo Amanda.
- Y el niño, Marleni. ¿Qué pasó con mi nieto?
- Bien. Lo dejamos con Rogelio y su tía. Creo que le van a comprar unos juguetes, para que se entretenga en estos días que lo vamos a estar acompañando.
- Eso está bien. Qué no se olviden del viejo.
- Ah...y papi. Necesitamos quedarnos un tiempo en compañía de Rogelio, que vino a hacer unos negocios, y a ver si lo podemos acompañar en esta casa solariega que tiene, y darnos un pequeño descanso que bastante lo necesitamos.
- Claro hija, dijo este. Me siento complacido dijo este.
- Y será que aquí podremos hacer una reuniones para entretenernos, y a ver como ayudamos a Maritza a salir de ese trance en que se encuentra.
- ¿En cuál? Respondió.
- No, papá. No le ponga cuidado, dijo Amanda.
- Claro que no, mi viejito, intercedió Rosa abrazándolo. Son unas muchachas locas. Esperemos a que llegue Rogelio, con Ramón y María con el niño.
- Y a mi meten en ese cuento, señoritas. No, nada de eso. Vamos a hacer que todo cambie por el bien de la familia. Ni se lo crean.
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